Hoy vomité sal. Hay gente que
no entiende que de repente te entran ganas de llorar y tienes que hacerlo, sin
importar dónde estés o qué hagas. Que llega un momento en el que el bote está
lleno y no caben más lágrimas, que guardarlas implica dejar que una parte de ti
se rompa, se pudra, se llene de bichitos malos y convivan dentro de ti. Di que
estás mal y lo entenderán. Di que no es tu mejor momento, que no quieres
hablarlo, que simplemente no puedes; lo que sea. Cualquier cosa salvo levantar
la cabeza y hacer lo imposible porque el dolor se quede dentro. ¿Sabes?, cuando
alguien se acerca y me pregunta que a qué creo que sabe la tristeza yo siempre
contesto que sabe a sal. ¿A qué sino? Todo el mundo ha saboreado una gota
alguna que otra vez. Las lágrimas son saladas. Un poco de sal está bien, mucha
pica y demasiada escuece tanto que te hace enfermar. De vez en cuando, el
tarrito se llena y avisa anudándose en la traquea; por eso es importante que no
creas que tus tarros son infinitos, no te mientas repitiéndote cuánto eres
capaz de aguantar. Aquí no gana el que guarda más sal. Se trata de echarlo
fuera. De vomitar tristeza.

No hay comentarios:
Publicar un comentario